
Mientras leo la noticia del comienzo de la cosecha cafetalera en provincia Granma, de entre las letras que hablan de cómo en las serranías de Bartolomé Mazó se proponen acopiar más de dos mil latas antes que termine este agosto, va asomando el rostro de Irene La Rosa.
Hace poco más de un año me la tropecé morral al hombro, justamente en esas lomas de historia, en la finca La Nila, del municipio III Frente. Su figura menuda, vestida con ropa en tonos verdeolivo, recortada contra uno de esos puñados de flores Mariposa que le nacen a aquel lomerío, provocó en mí una inmediata y casi obvia evocación.
Luego de mucho insistir contra el portón de su timidez, logré que entreabriera una hendija por donde pude asomarme a su vida de campesina cafetalera. En la sencillez de aquellas palabras y lo humilde de su existir, nunca en mayúsculas, estaba la pureza de la semilla; en el tesón callado con que acopiaba los granos maduros, la misma perseverancia del retoño rompiendo terrones en busca de la luz.
Ahora, necesariamente al borde de una taza de café, saldo la deuda con Irene. Y al hacerlo, rindo mi homenaje, también humilde, a quienes, como ella, llevan su grandeza con la sencillez de quien se cuelga un morral al hombro.
“Mis padres eran campesinos-campesinos, y casi naciendo yo, desde que empecé a pararme del suelo, ya estaba al lado de una mata de café. Me recuerdo a mí misma como de 8 ó 9 años en un lugar llamado La Laguna, descalza -porque rompía los zapatos para no ir a la recogida- con una canasta chiquita. Cuando aquello se iba ya un poco más durita a la escuela.
“Prácticamente eché mi niñez y juventud recogiendo café, no me gustaba pero tenía que hacerlo por la necesidad. Después, ya me gustó y también hacer cualquier tipo de trabajo. La gente me dice que por qué soy así, como una hormiga de trabajadora, y queriendo las plantas, los frutos…, será porque soy hija de campesinos.
“Mire usted, esto del brazo es de una hormiga rabúa negra que me picó; tendré que tomar benadrilina y echarme luz brillante porque si no, mañana no puedo recoger. No es una hormiga abundante por aquí, está salteada, pero parece que a mí me hace daño. Tanto como no tomar café al amanecer, vaya; hasta dolor de cabeza me da. Y no es que tenga vicio, me gusta bastante.
“¿La vida de una mujer aquí? En mi brigada de 12 obreros yo soy la única mujer, y me consideran bastante, a un lugar muy encaramado no me dejan ir. Tengo dos hijos, varones los dos; el más chiquito va para 29 años. Vivo con él y con mi mamá en un lugar que le dicen Arroyo de los Chinos, en una casita de guano y tabla de palma, el agua hay que cargarla, pero la carga mi muchacho.
“A mí me gusta mucho criar animales; tengo puerquitos, una puerca que me parió diez, y uno con ciento y pico de libras, también tengo dos gallinas y me quedaron 8 pollitos que ya están buenos pa’ caldo.
“Ya a las 4 y media, antes de cantar los gallos, estoy despierta, y a las 6 lo tengo todo hecho: la comida echada a los puercos, y cuando los pollos se tiran del palo ya también les tengo su comida. La primera que entra aquí al cafetal soy yo, y hay veces que ni el mismo finquero ha llegado.
“Yo he hecho el intento por irme de aquí y no puedo. Si voy a Ciego, o a Camagüey donde están mis hermanos…, que va, lo mío es esto aquí. Que es un lugar muy bueno, rico; aquí tú caminas amplio, para donde quiera. Si estás aburrida vienes aquí, vea, y oyes los pajaritos. No me gusta el pueblo, el bullicio, aunque sí la diversión, pero más oír los pajaritos sonando, aunque no en jaula, libres como yo.
Hablar a pecho abierto, es así como me gusta. No estudié mucho, hasta el 9no. nada más. No sé qué será, que yo quisiera aprender pero no llego allá. En La Habana nunca he estado, he ido al cine, sí, pero cuando era más joven, hace años; al video sí que voy a veces, cuando terminamos temprano.
La vida del monte es así. No he montado en avión, tampoco he ido a la playa ni a una piscina. ¿Qué?, ¿escaleras rodantes? Computadora sí yo sé lo que es. Las he visto en la escuela de Arroyo de Jiguaní, que está de Matías par allá.
“La peluquería queda en el centro de Matías y yo vivo, vea, a unos 5 ó 6 kms, por eso he ido pocas veces, cuando tengo mi tiempo; lo más es buscar los alimentos, que no me falten. Ah, y recoger café.
“Lo que más me gusta ver es una mata de café bonita, que no haya goteo ni quemazón. Cuando me topo con una mala, se me corta el cuerpo; la recoges, pero no es lo mismo, se te pierde el entusiasmo.
No me disgusta ni cruzar el río, ni mojarme con las matas al entrar por la mañanita. A la verdad, yo no soy persona que se molesta porque haya rocío.”