Sombrilla en ristre
Noviembre 25, 2009 por Vladia
Todavía guardo en una gaveta del closet la capa de agua, verde y con bolitas blancas, que mi madre me obligaba a llevar prácticamente todos los días a la Secundaria, “por si llueve”, y que yo, sin pensarlo dos veces, dejaba siempre en casa de la vecina de al lado -la entrañable y anciana Diana que dormía cada noche con los rolos puestos no fuera a ser que la muerte la sorprendiera en el sueño, y luego la vieran fea en la caja.
Hoy, que el día ha amanecido encapotado, me he acordado de aquella vieja capa mientras contemplaba por mi alta ventana a los niños ir para su escuela y a los adultos al trabajo. Se ve rara la ciudad cuando no hay sol, como si un tempo diferente, allegro ma non troppo, marcara el andar de sus habitantes y hasta los gestos y las sonrisas.
El calor sofocante parece agazaparse bajo alguna piedra verdinegra, y se avanza más ligero, queriendo cogerle la delantera a la lluvia, que amenaza pero no llega. También los colores se desdibujan, formando una paleta de tonos pastel en la que solo resaltan, punteando calles y avenidas, las sombrillas multicolores. De franjas rojas y blancas aquella llevada por la enfermera; reproduciendo un dibujo de Gauguin la de más allá -integrante de la hermosa serie de sombrillas y otros útiles con reproducciones de pintores famosos, que se vende en las tiendas de Artex-; casi en la avanzada, el viejito serio que pasea a su perro lleva abierto un enorme paraguas negro
Este verano también las sombrillas han sido una singularidad en el paisaje citadino. Como nunca antes las he visto desplegarse a toda hora para proteger del sol a los transeúntes, y no había sido esta una costumbre del habanero. Pero hasta las muchachitas más jóvenes, caminan sin complejo bajo sus sombrillas, que protegen hombros y barrigas al descubierto. En la Sierra Maestra, una de las primeras cosas que llamó mi atención la primera vez que me enfrenté a aquel paisaje increíble, fue ver desde la falda o en la cima de cada loma, a las serranas bajando en fila, cubiertas por sus parasoles. Recordé entonces a Martí: “las señoras como flores debajo de sus sombrillas”.
Ahora que este miércoles sin sol ni lluvia las calles de mi ciudad son asaltadas por paraguas y sombrillas, plegadas y a la espera la mayoría; otras, retadoramente abiertas, vuelvo a acordarme de aquella antigua capa verde con bolitas blancas que nunca, la pobre, pudo estrenar siquiera una lloviznita, mientras su dueña, la adolescente que fui, disfrutaba empapándose en los aguaceros al salir de la escuela.
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