
Dulce María Loynaz hubiera cumplido ayer 107 años.
Les dejo aquí una de las cartas que a propósito de la visita que hiciera a esa gran mujer, escribí a mi hijo. Integra el libro “Cartas a Gabriel”, ganador del Premio de Ética Elena Gil.
Agosto de 1993
Hijo mío:
¿Sabes de dónde vengo? De casa de una mujer que amó a Tutankamen. La única que ha sabido pastorear rosas a la perfección. Vengo de su cuarto, de sus cadencias, de su tiempo sin tiempo.
Sólo cuando hayas vivido muchísimos años llegarás a conocerla y podrás degustar su poesía como ese licor muy fino que se bebe en copas pequeñas y a breves sorbos, para seguirlo disfrutando en el recuerdo. Ahora, únicamente te digo que es una poetisa, la Poetisa, quizás las más grande que haya dado esta tierra donde naciste hace tres años.
Leerás esta carta una vez, y luego, tal vez cuando haya empezado a salirte bigote, la buscarás de nuevo para tener un rostro y un ambiente donde inscribir esa voz que te hablará desde la letra impresa.
Para que así sea, me he puesto la mirada que tendrás entonces a fin de grabar cada detalle, sombra, gesto, y legártelos cual si hubieras tenido tú mismo la vivencia, para que puedas decir: Yo también la conocí.
Llegué al caserón después de las once de la mañana, y ya desde el propio chirrido de la verja al abrirse, intuí que los calendarios y relojes poco tendrían que hacer en aquella mansión.
La recia puerta de madera estaba cerrad,a y mi acompañante -su nombre no viene al caso- me guió hacia la entrada de servicio, para cuyo acceso era necesario atravesar un ancho patio lateral donde dos perros famélicos reposaban junto a hojas secas.
En la cocina, de medianas proporciones, una morena gruesa - de esas idóneas para anunciar mayonesa- nos informó que “la señora no ha podido bajar porque el ascensor se ha roto y…” Mi atención estaba en la marmita que humeaba sobre la candela, en cada uno de los utensilios colgados en las paredes o desperdigados sobre mesas auxiliares. Eso que bulle al fuego, me decía a mí misma, es lo que ella comerá, y lo pensaba con cierto acento místico y de reverencia, créeme; miraba y volvía a mirar como si se tratase de una colación para ofrendar a ciertas figuras mitológicas.
La ollita estaba al alcance de mi mano -una mano extraña -, olvidada en sus hervores, ¡y yo hubiera podido verter en ella una cucharada más de sal o de azúcar! Justo en ese instante la sentí vulnerable, desprotegida.
No relumbraban las cacerolas ni atraían por su blancor los paños; películas de grasa se adherían unas sobre otras a mangos, agarraderas, tapas; como en esas cocinas de comedores públicos, cocinas sin amor.
“A lo mejor nos recibe en su cuarto, yo soy su amiga de muchos años” -especuló mi guía -, y la seguí rumbo a una escalinata de mármol desde cuyo nacimiento pude atisbar una gran sala en penumbras. En ella se recortaba -como escapado de un grabado de Landaluce- un chiquillo de unos 16 años, descalzo y con los pantalones remangados hasta la rodilla, haciendo como que limpiaba los pisos. Nada pude ver de la sala oscura, sólo el amarillo del pantalón truncado, un amarillo anacrónico para el lugar, igual que el torso desnudo del joven; como profanando con su vitalidad el tiempo estancado en aquella habitación.
Repantigado groseramente en el primer escalón reposaba otro empleado de la casa, creo el chofer; casi en actitud de dueño con su vientre pujando contra la botonadura, el rostro grasiento y rubicundo; ni siquiera se levantó para facilitarnos el paso, el ascenso -entonces sí- al corazón de la casa muerta.
De las paredes que flaqueaban la escalera pendían tapices hechos jirones, cubiertos de un polvo centenario; en uno pude adivinar algo semejante a un motivo medieval. La lámpara de araña lloraba escasísimas lágrimas, como si de tanto llanto, se le hubieran quedado secas las pupilas de cristal -aunque igual seguía de triste. El pasamano, también de mármol, agrietado, lleno de polvo; polvoriento todo, abandonado.
Al final del ascenso, un recibidor. Objetos amontonados sin concierto ni cuidado. Una escultura de mármol agrisado por la mugre se reclinaba contra unos gobelinos; mesitas de finísima madera laqueada cargaban porcelanas, miniaturas, jarrones de mayólica. En la oscuridad había bultos borrosos en los que podían presumirse estatuas, sillas, alfombras enrolladas, todo como un desván, cual si la casa hubiera quedado apresada por una instantánea en el momento de mudarse.
Y la luz, desterrada. Casi era mediodía y no se filtraba claridad alguna, sólo la que autorizaba un vitral herido a pedradas y el bombillo que agonizaba único en la lámpara de cristales. “Mira, aquí estaba la biblioteca que ella donó” -apuntó indicando con un gesto a la derecha -, pero sólo eran anaqueles de cedro, vacíos, y yo, demasiado ansiosa por llegar a ella, por saber si nos recibiría.
En medio de una habitación espaciosa, permanecía sentada sobre la cama, dibujando la imagen más patética que he contemplado, desgarradora en toda su crudeza y contrastes.
Aquella mujer que en público siempre había visto altiva y arrogante, elegante y sobria, esperaba cubierta por un camisón de dormir raído, con las costuras hacia fuera; unas medias blancas y cortas dejaban ver por sus agujeros los dedos de los pies; el cabello blanco amarillento en desorden. Pero ¡ah!, por sobre aquella anciana abandonada, a pesar de ella quizás, emergían el rostro, las manos y su voz, como espacio de albura indemne al desamparo.
El rostro y las manos, muy pálidos, casi traslúcidos, dejaban ver las venas finas y azules. Casi como una máscara, por lo blanco, el rostro; hojas de papel de china las manos, temblorosas, queriendo asirse a lo que ya no está.
Como pegotes en la cara, unos ojos huérfanos de mundo, desterrados para siempre de los colores y la luz, vuelta hacia el alma la mirada de los ojos ciegos.
-Estoy aquí como una mariposa clavada con un alfiler, y ya no quiero seguir así, no merece la pena.
Su voz. Cadenciosa, suave, de pronunciación exacta, una voz estuche para el orgullo, pero también languideciendo. Hilos de agua cristalina que corren por sobre rocas filosas sin importarle, o a pesar de las rocas; pero aun pretendiendo ignorar las cuchillas, se van volviendo nada al final de la pendiente, sólo un altivo recuerdo de la humedad.
Y la hija del General, una mariposa blanca y agonizante; presintiendo jardines al alcance de sus alas yertas, llevándose el secreto de dónde encontrar las mejores flores y sin poder llegar a ellas.
El cuarto es dramático colage: una radio de los años 40, adornitos de biscuit, el tapiz con tema religioso, un pomo plástico de shampoo cuya espuma, de marca foránea, no es de seguro la mejor para este cabello ralo y de azahar marchito. Figurillas de plata, frascos de porcelana, cierta envoltura vacía, bien comercial y coloreada, olor a pomadas, a alcanfor, a anciana que no duerme ni despierta.
Perdida en el silencio de la planta alta de su caserón, sufre la más terrible de las soledades, la del alma abandonada, no obstante ese premio con sus miles y la gran medalla de oro macizo que guarda en caja fuerte; no obstante sus libros y ser mencionada una y otra vez en los discursos. Sola a pesar de ser reconquistada. Como una recogida a desgano en su propia casa, está rodeada de libros que no puede leer, de poemas que no podrá escribir, de una vida inmóvil que ya no quiere vivir.
Me tomó las manos y las de ella estaban frías, casi a punto de deshacerse en un polvo de encajes. Me besó y la besé en la frente, como besa una madre a su hijo, como te beso a ti, Gabriel. ¡Qué terrible, la veneraba y la profanaba al mismo tiempo! Ella, la de la frente altiva, la de la frente sin hijos, ¡y yo la besé en la frente!
En la puerta del cuarto me volví para llevarme su última imagen: Reposaba sentada al borde de la cama con la cabecita hundida en el pecho huesudo, con la mancha de un beso en su frente.
Tu mamá.
P.D Gaby, ahora que he terminado, tengo la sospecha de que ésta no es una carta linda, creo que resulta casi macabra; pero bueno, así te la dejo. La vida también es eso, a ella te traje sin consultártelo y ahora, al menos, debo ponerte sobre aviso.