
La Teoría de la Relatividad ya suma más de un siglo y nadie hasta ahora la ha impugnado, evidenciando la genialidad de aquel judío que se amarraba el pantalón con una soga en vez de cinturón. Con tan innegable aval, habría que darle también crédito a su voto a favor del Socialismo, que hiciera público en mayo de 1949 en el periódico neoyorquino Monthly Review.
“Estoy convencido –escribió Albert Einstein- de que hay solamente un camino para eliminar estos graves males: el establecimiento de una economía socialista, acompañado por un sistema educativo orientado hacia metas sociales. En una economía así, los medios de producción son poseídos por la sociedad y utilizados de una forma planificada. Una economía planificada que ajuste la producción a las necesidades de la comunidad, distribuiría el trabajo a realizar entre todos los capacitados para trabajar y garantizaría un sustento a cada hombre, mujer, y niño. La educación del individuo, además de promover sus propias capacidades naturales, procuraría desarrollar en él un sentido de la responsabilidad para sus compañeros-hombres en lugar de la glorificación del poder y del éxito que se da en nuestra sociedad actual.”
Parece escrito tan solo ayer. Igual la alerta que, a renglón seguido, dejara este gran físico matemático: “La realización del socialismo requiere solucionar algunos problemas sociopolíticos extremadamente difíciles: ¿cómo es posible, con una centralización de gran envergadura del poder político y económico, evitar que la burocracia llegue a ser todopoderosa y arrogante? ¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y cómo asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?”
No en balde Albertico era un genio. Pareciera haberse asomado por una curvatura del tiempo a esta Isla con sus calores de junio, y constatado cuánto de retranca al desarrollo sigue significando ahora mismo esa burocracia, que nos socava y divide en dos bandos: los que sudamos la camisa por la causa común, y los que hacen causa común por no sudar la camisa.
Para nada es un fenómeno nuevo. El 1965 estuvo a punto de recibir en la Isla el nombre de “Año de la lucha contra el burocratismo”, y justo en el discurso de aquel 2 de enero, al someter a consulta con el pueblo cómo se llamaría finalmente el año, Fidel aseveró “Creo de todo corazón que el socialismo tiene que cuidarse del burocratismo tanto como del imperialismo. No olvidarse de eso, porque es más peligroso, porque es un enemigo clandestino.”
Hasta se creó por esos tiempos una “Comisión de lucha contra el burocratismo” encargada de racionalizar ciertos empleos y poner coto a dicho fenómeno, que en fecha tan temprana de la naciente sociedad ya asomaba sus colmillos. En aquella comparecencia, el líder cubano comentó: “es un mal grande del cual no nos damos cuenta, del que no tenemos conciencia. Y, sin embargo, es un gravísimo mal, estorba la producción, consume en tareas innecesarias las mejores inteligencias, consume mucho de la energía del pueblo.”
A 45 años de aquellas reflexiones, los cubanos continuamos estorbados, consumidos por la burocracia, pero sin rendirnos ante ella. Así lo demostró el reciente congreso de la ANAP, en el que varias veces y con las más diversas vestiduras, la burocracia ocupó el banquillo de los acusados.
Sería ingenuo entender el burocratismo solo como sinónimo de exceso de papeles, cuños y trámites interminables. El propio Lenin supo interpretar claramente los peligros que entrañaba, y en 1922, durante el XI Congreso del PCUS y casi con el último aliento, comentó: “Tenemos un estado obrero con deformaciones burocráticas… un aparato que adolece de muchísimos defectos, que es dos veces mas abultado de lo necesario, que muy a menudo trabaja no para nosotros, sino, contra nosotros…”.
Sucede que los burócratas y la burocracia han constituido desde siempre una corriente de intereses contrapuesta a los móviles de los proyectos socialistas. Despliegan iniciativas y empeños -siempre redundantes en más esfuerzos improductivos e inútiles- con el fin de mantener y justificar su estatus personal, de satisfacer conveniencias, desconociendo y a veces hasta pretendiendo expresamente torcer los intentos de muchos.
Pudieran existir burócratas ingenuos haciéndoles el juego a otros burócratas -de esos que golpean con el puño en el escritorio y dan palmaditas paternales a sus secretarias-, pero nunca lo será la burocracia como casta. A ella le interesa por sobre todas las cosas conservar y engordar sus privilegios, no tan pírricos si se mira bien, de cobrar un salario sin mucho esfuerzo, en atmósferas refrigeradas y confortables por lo regular, desde donde esgrimen un patético poder que suele influir en el rumbo de muchas vidas. Y todo ello, a veces desconociendo y hasta ninguneando a quienes producen los bienes materiales, a los verdaderos protagonistas y sustentos de nuestra economía.
En el discurso de 1965 ya citado, Fidel definió que el burocratismo era “una concepción pequeño-burguesa ciento por ciento: el mundo hecho a imagen y semejanza de un pequeño-burgués desde una oficina”, y “una hipertrofia de determinadas funciones administrativas”, y más adelante se dedicó a comentar sobre organismos improductivos y estructuras inadecuadas que le habían nacido a la economía en los seis años de Revolución.
Amplió entonces sobre aquellos funcionarios a quienes no importaba “echar un número de pesos más en el bolsillo de la gente y una carga más sobre los hombros de los trabajadores”, aun cuando ya estaba muy claro que “la producción tiene que ir por delante de los pesos”, según dijo entonces, y hoy ha ratificado en reiteradas oportunidades el actual presidente de la república Raúl Castro.
No creo que haga falta retomar las Comisiones de lucha contra la burocracia de los años 60, y congelar, como se hizo entonces, las plazas de oficinistas. En definitiva y con racionalidad, este personal también hace falta, y no es en sí mismo responsable de esos malsanos vientos. Lo es la burocracia como filosofía y postura para organizar y conducir procesos, y que, por demás, abunda sobre todo en los peldaños intermedios de la pirámide social. Esa propia pirámide social, que en nada debería recordar a las inmóviles y anquilosadas de Egipto, y que en su condición de organismo vivo, por su propia dinámica interna, debe sacudirse tal parásito, partiendo desde su propia base por ser la real encargada de mantener económicamente a este país y la que carga, costea y tropieza mil veces contra tanto buró, contra ese problema sociopolítico extremadamente difícil, al decir de Einstein, quien no encontró difícil hallar la fórmula de E = mc2