
Me sucedió hace ya casi un mes, pero no había tenido el valor de llevarlo a blanco y negro por lo que me lastima evocarlo. Iba yo rumbo a la revista cuando a mi izquierda, algo más adelantado, vi a un joven que avanzaba trabajosamente, a causa de alguna malformación que hacía de sus largas piernas más un obstáculo que un aliado para la marcha.
De momento, trastabilló, y como en cámara lenta -Saint Exupery hubiera dicho “cayó blandamente…”- empezó a caer, un brazo recto al piso para amortiguar la caída, y el otro, tendido al aire, como clamando por una mano milagrosa que lo salvara. Sus ojos, nunca sabré por qué, se dirigieron justo a los míos, que marchaban unos metros detrás, y en ese solo instante leí en aquellas pupilas tanto de desolación, angustia y derrota, que aún ahora me estremezco al recordarlo.
Corrí a socorrerlo, y a duras penas logré ayudarlo. Mientras lo hacía, a nuestro lado pasaron un par de jóvenes, como aquel caído, pero saludables y robustos, quienes al igual que yo, debían haber visto todo el episodio, incluyendo mis trabajos para levantar al muchacho.
Cuando reanudó su camino sin contratiempos, me apuré en alcanzar a aquellos dos y les pregunté a modo de reproche si no se habían percatado de lo ocurrido. Como elefante a hormiga me observaron, retadores, irreverentes, y con tres palabras explicaron su conducta: “Estamos apurados, señora”. En la comisura de los labios les asomaba una extraña sonrisa a medio camino entre la ironía y el desprecio.
Me niego a aceptar que la piedad, la sensibilidad humana hayan pasado de moda como un pantalón campana o una grabadora de cassette. Me resisto a imaginar que esa sonrisa que vi en sus labios se haya propagado como una contagiosa -mortal- epidemia y pueda volver a tropezármela en otros igual de jóvenes.
Lo paradójico es que ante una supuesta convocatoria a donar sangre para las víctimas de un desastre, o para contribuir a la liberación de algún pueblo y en primer lugar al suyo propio, muy probablemente estén sin dudar entre los primeros. El doctor Miguel Limia, presidente del Consejo de Ciencias Sociales del CITMA, me lo comentaba en una reciente entrevista:
“Es importante desarrollar mucho más diversificadamente la noción de deberes en la sociedad. Porque revolucionario no solo es quien va a morirse con un fusil en la mano, hay que ser revolucionario también frente a la esposa, al hijo, al abuelo…; eso es imprescindible para hacer socialismo hoy. Se hace necesario poner el énfasis en una conciencia y cultura política que una lo político con lo ético y con lo estético.
“Los cubanos -explicó el estudioso- somos proclives a hacer análisis políticos más que éticos de la conducta. Hay quienes identifican estos últimos con entrometerse en la vida ajena. Sin embargo, ello permite ir a las motivaciones más profundas de la conducta. Lo cual es importante sobre todo en una cultura como la nuestra, donde el paradigma ideológico es de carácter heroico-trascendental, y donde hay un sentido del sacrificio, pero que no debe entenderse como un fin en sí mismo, sino como un medio. El sacrificio te puede llevar incluso a entregar tu vida, pero no para alcanzar la condición de mártir, sino por la libertad, por la felicidad, aunque sea de otros en quienes trascenderás.”