Mis poemas
Razón de miga y otras durezas
Olor del pan recién horneado
tibieza de cachorro
vicaria junto a la leche borboteando.
Hay paz de todas las harinas
en la casa con adobe de abrazos.
Hemos tejido este perfume
de hierba buena entre sábanas limpias
amasado un hogar de nueve meses
como quien hace un hijo.
No hay mejor razón entonces
para mirarnos hondo
reconocernos en la suavidad del nido
y felicitarnos
por este olor a pan recién horneado
que nos regala la mañana.
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Salón de parto
Nos hemos parido uno al otro desde octubre
y ya doblan las campanas
por el nacimiento.
Sin dolor,
llegamos uno a los brazos del otro
y en la seguridad del regazo
abrimos por primera vez los ojos
reinventándonos.
Soy tan igual y distinta a ti
que con cada beso estoy jugándome
la vida que me diste
Eres tan igual y diferente a mí
que con cada caricia
te quedas sin pasado.
Un castillo de pañales y violetas
amaneció para nuestro alumbramiento
Desde entonces
andamos gateando por tejados
alcanzándonos nubes bajas
con que enjugar angustias varias
haciendo cestas de cada luna
para mecernos
y de nuevo
dulcemente nacer
después de tanto naufragio.
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Manual para identificar a locos auténticos
Míralos recto a los ojos
si no bajan la mirada
y en el fondo de la pupila les encuentras
un remolino de girasoles, eufóricos de tanto amarillo
entonces, no hay por qué dudar.
Si allá, en algún vibrar del iris
descubres violines
un chivo rojiverde
manifestación de peces
agonizando entre bombones,
entonces, no hay por qué dudar.
Puede darse el caso, claro
que sean de esa especie tristísima y de invierno
adicta a helechos y equilibristas
cultivadores de madreperlas en papel de caramelo.
Esos son de los que regalan su camisa
y el corazón envuelto en ella
sollozan junto a un cachorro abandonado
y creen ciegamente en los atardeceres.
Tampoco habría que desconfiar de ellos.
Locos somos tú y yo
que nos adoramos pese a todo
que nos besamos en plena avenida
olvidados de cláxones
y de nuestras arrugas
que hacemos el amor
frente a 26 pisos de ventanas
y una luna gigante
como vientre de caballito de mar.
Locos somos tú y yo
Los otros son
o hijos de puta
o comemierdas
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Palabras
“Me gustas cuando callas
porque estás como ausente”
Pablo Neruda
No fueron palabras las que acabaron con el bisonte
pero en lo más hondo del cráneo paleolítico
ya se iban armando los sonidos del nombre y su muerte.
Sin siquiera balbucir,
la madre primera cantó con sus manos
la mejor canción de cuna
sobre el cabello del recién nacido
Pero sí con palabras
fue tejida luego la historia de este mundo
ofensas y susurros echaron al galope
a las tropas de Bonaparte
fue una palabra la que ordenó bajar la guillotina
y otra la que anunció la existencia de Dios
o bautizó a las margaritas por su nombre.
Por el decir han odiado y amado los humanos
construyendo de palabras los mejores templos
y trampas
No silencies mi boca,
que no te guste cuando callo
porque estaré entonces ausente
en viaje sin brújula
donde solo hay boleto para uno
-y es mejor viajar en compañía.
No cierres la puerta a mis palabras
que tuvieron largo dique
y son tristes las palabras presas
dándose contra los cristales
como gorrión extraviado.
Poco gustan del silencio
quienes en él hemos vivido
No me devuelvas a él
no olvides que con palabras
más verbos que sustantivos
te hice saber que te quería
Búscame
Búscame donde nunca he estado
en el manso lomo de una mesa familiar
en el caleidoscopio de la risa
al centro de un abrazo salvador.
Cuando ya no esté
sigue buscándome
abierta de espera y desesperanzas
en cualquier rincón de una cuartilla
asaltándote las noches con la tristeza entre los dientes
y unas ganas locas de vivir
que se lanzaron al camino
con el tren en marcha.
000
Conclusión del equilibrista
Al llegar al medio de la cuerda
decide plegar la sombrilla.
Abajo, ronronean bermellón los tejados
un joven con flores pasa y es la señal.
Sin apuro cruza las piernas el equilibristas
y se acomoda blandamente
sorbe despacioso su café de fin de cuerda
sereno, casi sonriente
sabiendo que no alcanzará nunca
el otro extremo.
000
No pasa nada
“…la desesperación sería de tan mal gusto como la esperanza.”
Margarita Yourcenar
Aquí no pasa nada
solo un racimo de adolescentes
creyendo conjurar cualquier cataclismo
con los retoños de su barba.
No pasa nada
simplemente todos los minutos agonizan
El aplicado Aristeo, rey de las abejas,
afiló despacioso cada aguijón
y abrió dulcemente las compuertas.
No pasa nada
Rodaron las máscaras
hasta la más íntima vestidura
y el mundo anda desnudo y sin parapeto
con el costillar despojado de rasos
la mueca destruyendo al abanico
descubiertos los muñones de la última ala
la ceja torva donde pastó el venado.
Que nadie se espante.
algún día otros
volverán a empezar desde la arcilla.
Aquí no pasa nada.
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Riesgo
Que deje el velo
quiébrenle hasta el último coral.
Porque las suicidas que así van
sucias de soledad,
muertas de miedo,
llevan tanta tristeza en la mirada
que merecen el escarnio.
No se puede andar por ahí tan huérfana
tan pálida
tan sin lágrimas
exponiendo la gente a sus espejos.
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Realidad virtual
La ventana es el rectángulo de mundo
en que no estás.
Por eso la cierro:
para imaginarte
atisbando por las persianas.
000
A lo peor
A lo peor ya es lunes
en este parque de postal
con niños desarmando la sonrisa
perros sacando a pasear a sus viejitos
y ese adolescente
que acuna en la gorra al mango
como si fuera un pájaro.
Me asfixian ese carrusel
revolcando colores
tanta hoja verde allá arriba
tanta paz que no me toca
en este parque donde todo
está en su sitio, menos yo
y a lo peor,
ya es lunes.
000
12:30
Alánimo, Alánimo
cantan las niñas contrahechas
y escupen el reloj.
Vienen de muy lejos
del pasado perfecto y las trenzas
con lazos de muselina.
Gritan que la fuente se rompió
mientras les caminan arañas por las caras sepias
son crueles esas niñas
que han enterrado las manos de un héroe
en su fantasía de arenas.
Mandarla a componer
exigen histéricas.
Pero no hay fuentes en mi casa
Esos breves nidos de loza
son para acunar la tibieza del almuerzo
y en mi casa ya no hay almuerzos
Nos hemos devorado lentamente, sin mantel
sin siquiera limpiarnos las comisuras de la memoria.
Jirones tejidos a crochet
van estrangulándome con blanduras idas
recordando que sí,
que una vez
hubo una fuente en mi casa
pero
se rompió.
000
Cowboy
Me bebí de un sorbo
la manada de caballos
que galopaba en su mirada.
Después
solo quedó la polvareda
como en los malos filmes del oeste.
000
Exilio
En el exilio de los abrazos
ando a tientas, sin equipaje
Pasajera perpetua
de cualquier jueves
donde paso inadvertida.
Desde cada ventanilla
se asoman los rostros que amé
diciéndome adiós sin fervor ni espanto
sin remembranzas.
Yo me aterro de esos ojos de cera
de las bienvenidas vueltas despojos
No obedecí el consejo de Proserpina.
y Plutón me secuestra cada jueves
a este hades de esperanzas decapitadas
donde tirito y ya no lloro.
Hace frío en este exilio de los abrazos.
000
Pintor de mujeres sin soles
Ya no juega en el portal con sus hormigas
y yo siento una pena infinita
por esa mirada suya extraviada
en un patio de guayabas al óleo.
Con mis rodillas catalanas
me hincaría en aquella tierra de chivos irreverentes
rogaría por su rescate
por la vuelta de sus miedos
mejores a sus trampas
Pero mis rodillas ya no tienen 20 años
y apenas recuerdo el olor de su pelo
Me queda pues
cuidar de su fantasma
para que no se me deshaga
en la tristeza del diario abrazo
000
Quién sabrá de Hatshepsut
Hatshepsut se ha cansado
Va a bañar su cuerpo de pergamino y desmemoria
a las aguas del Nilo
No quiere seguir reinando en su sarcófago.
Sola, sonriendo desdentada
va a la corriente dulce de las cabras.
Se acabaron los inciensos
Su nombre terminó en todas las inscripciones
Nadie recordará que fue reina
y odió la maldición de parir hembras y dolores,
que su madre, la reina Ahmés,
le acunó una vez con reverencia.
Pero si hasta ella ha olvidado
quién sabrá de Hatshepsut.
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Precaución
Las niñas tristes echan a perder todas las fotografías
Por eso hay que borrarlas
acallarles esa mirada de un buen manotazo
dejarlas morir lentamente entre sus muselinas
para impedir que cuando crezcan
sean las mujeres más tristes,
las más crueles.
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Patético en do menor
Con agradecimientos a M. Kundera
La sábana verde
se vuelve musgo antiguo
bajo mi espalda.
Teresa con la corneja en brazos
asoma del azogue
como granada en flor.
Pero no me reconozco
en esos ojos sin final
que algo señalan
quieren rescatarme del error.
Siento su mano de madre pálida
sobre mi cuello
y caigo entonces en la cuenta:
Yo soy la corneja.
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Sin apuro
Hoy he enterrado a mi perro
bajo un árbol frondoso
y no sentí prisa por regresar de la muerte.
La tierra removida
era húmeda, tibia como labios
y deseé su beso
su mansedumbre de nido
Allí duerme feliz mi perro
acunado en el inmenso abrazo
de un miércoles cálido, perpetuo