
Sospecho que integraré las últimas generaciones de viejos que poblarán este planeta. Un trío de científicos norteamericanos, ganadores del Nobel de Medicina 2009, acaba de encontrar una encima, la telomerasa, que impide el envejecimiento de las células.
Sin embargo, para nada reniego de mis células envejecidas, testigos de 46 años de alentar sobre la tierra. Recuerdo que cuando me apareció la primera cana, le escribí una carta a mi hijo de pocos años, contándole de aquel suceso que acogí con casi asombro y sin mucho desconsuelo.
Ahora, este novedoso descubrimiento quizás propicie que mis nietos por venir sean abuelos con caras de niño, andando por avenidas repletas de perpetuos jóvenes ¿a lo Dorian Gray?. Yo, por mi parte, me asomo cada amanecer al espejo y sonrío con satisfacción a mi rostro recién lavado.
PD. Les copio la carta a mi hijo, que integra el libro Cartas a Gabriel, ganador del Premio Iberoamericano de Ética Elena Gil.
Diciembre 20 de 1992
Mi Gaby:
Tengo una noticia importante y quiero seas el primero en saberla: a mamá le han nacido sus dos primeras canas. Rebeldes y casi temerarias se alzan anunciando su presencia. Bien, que ahí se queden.
En realidad no me alegran demasiado, son el primer aviso de que el tiempo está pasando, ya tengo veintinueve años y he dejado de ser una jovencita. Cada vez me llaman menos “muchacha” para decirme en su lugar “señora”. Al principio me contentaba, lo recibía como un elogio inmerecido; ahora, lo he ido asimilando tanto, que me resulta indiferente, y eso no es buena señal.
Me parece que cuando una se alegra de que la llamen “señora” es porque aún no se siente como tal, pero si le da lo mismo, es porque en verdad ha empezado a ser una de ésas a quienes los jovencitos les dicen tías y pasan por su lado como si se tratara de un árbol con pocas hojas o una señal de tránsito.
Bueno, mi Gaby, qué le vamos a hacer, ahí están mis dos canas anunciándose.
Lo que sí quiero es que cuando seas más grande, te sientas cómodo pasándome el brazo sobre los hombros, y hasta con cierta escondida vanidad de que tu mami sea, sí, una señora, pero arreglada e intentando incluso parecer bonita. Te confieso que no sé cuál será mi sensación cuando te escuche por primera vez llamarme “vieja”, como cariñosamente llaman algunos hijos a sus madres; pero creo que no me acongojará porque seré TU vieja, me habré vuelto vieja a tu lado. Además, el asunto es no sentirse de verdad anciana, por ti Gaby, para ti, para poder ser capaz de entenderte y de que me entiendas. Hemos de fabricarnos un calendario privado donde los años y los días sean sólo años-amor, días-ternura.
Tú, por supuesto, eres ahora el antónimo de lo viejo. Te escribo mientras duermes, y la claridad del velador me deja ver tu perfil de cachetes lozanos, los labios frescos como pétalos, la mano de jazmín abrazando la almohada. Eres un himno a la vida, hijo mío, el mejor acorde de la Oda a la Alegría.
Cálido y vital, recién estrenándote al mundo, nada puedes saber de los pasos del señor tiempo. Ese viejo barbilargo y con capote de hojas de otoño que va difuminando colores, estropeando miradas y sonrisas. Claro, tal señor es muy voluble y lo mismo torna sonrisas en muecas que las endulza aún más; lo mismo vuelve algunas miradas torvas o huidizas que las hace hondas y sabias, como confortables nidos donde uno puede resguardarse cuando se siente desamparado, o demasiado triste.
Sé que tu expresión, tu rostro y tu figura cambiarán, así ha de ser en la medida que vayas aprendiendo más y más, conociendo cada uno de los escondrijos que llevamos los humanos dentro. Todo ese saber lo proyectarán tus ojos, tus modos… Cada gran alegría, cada descubrimiento y derrumbe irán iluminando o ensombreciendo tu mirada, volviéndote abierto o retraído, con la caricia pronta o escurridiza.
Y si nada conoces de la vejez, ¿a qué hablarte de la muerte? Sabes, cuando alguna vez hemos pasado junto a un animalito muerto, siempre te he dicho que está dormido; ahora, a los casi dos años, no quiero que de ella conozcas ni la palabra; que nada espantoso te roce siquiera. Tendrás tiempo para eso. Sé que cuando leas esta carta habrás aprendido ya lo que es la muerte -por cierto, no siempre es espantosa- , pero eso lo sabrás después.
Una mariposa blanca, breve como un destello, ha caído junto a las cuartillas donde escribo, sobre la almohada en que apoyo. No me hubiera gustado que la vieras. Quizás contemplarla así, inerte y conmovedora en su albura, sea lo que me ha llevado a estos razonamientos huérfanos de estrellas, sin brisa.
Bueno, lo que quería decirte es que nunca dejes que el exceso de sombras, el brotar de canas, eclipsen tu alegría, la espontaneidad y frescura que ahora rebozan en ti anegando cada rincón de la casa y de mi alma, con claridades y campanitas.
Desperté de ser niño, nunca despiertes
triste llevo la boca, ríete siempre
siempre en la cuna
defendiendo la risa pluma por pluma.
El poeta español lo dijo de modo exacto, tan hermoso y conciso como hubiera querido hacerlo yo. Eso, defiende siempre tu sonrisa, pluma por pluma. Ríete siempre.
Tu mami.
Les dejo también este enlace para un cuento de Ray Bradbury, “Hola y adiós”, también sobre este tema de la eterna juventud. http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/bradbury/holayadi.htm