Diciembre 31, 2009 por Vladia

Cuando faltan casi seis horas para que sea año nuevo, las calles se ven vacías. Apenas un grupo de muchachos a quienes las madres no han llamado aun para bañarse, permanecen jugando pelota. La ciudad aguarda.
En la mañana sí que era un hervidero de gente, todo el mundo apurado en busca de los últimos pertrechos, cumpliendo con algún encargo impostergable; pero siempre dejando espacio para felicitar, para abrazar y besar deseando cosas buenas. Hasta los desconocidos se saludaban con sonrisas y había en las miradas un singular brillo fraternal.
Por las ventanas empieza a sentirse el olor de los asados; el que más y el que menos, todo el mundo tendrá hoy su cena, algunas fastuosas, otras modestas, pero aderezadas sin distinción por la compañía de los seres queridos. Escucho botellas entrechocar, las más disímiles músicas que escapan de los apartamentos, mientras se cierne una quietud de tibieza y manteles limpios cubriendo tejados y flamboyanes.
Quizás los Sacerdotes Mayores de Ifá ya estén ultimando detalles del rito para dictar la Letra del Año que ya asoma; allá, en la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, los cañones que dispararán las 21 salvas de artillería justo a la medianoche, de seguro están listos.
Pronto empezarán a encenderse las luces, los arbolitos navideños, las velas… y mi entrañable ciudad se desperezará, estirándose cual gato que despierta, para dar la bienvenida, en familia y con el amor a flor de piel, al año 52 del Triunfo de la Revolución.
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Diciembre 23, 2009 por Vladia

Las calles son un hervidero de gentes que vienen y van, apuradas, tropezando y sonriendo.
Jabas de todas las formas, tamaños y colores andan en manos de los transeúntes. La gente se apresta a festejar en familia la Noche Buena, celebración que, más allá de su connotación religiosa y también por ella, se ha mantenido anclada en las tradiciones de este pueblo.
Los que ahora salen del trabajo van más de prisa, intentando pescar algo en las tarimas ya arrasadas por quienes tuvieron la suerte de disponer de la mañana para sus compras. En medio del ajetreo se ve linda en las vísperas la ciudad atardecida. Al de allá, le sobresale del portafolios un penacho de lechugas que, por lo cabizbajas, evidentemente le acompaña desde hace un buen rato; la de acá, casi no puede con la jaba cargada de yucas; un niñito aun de uniforme y su mamá hacen malabarismos llevando entre ambos una panetela cubierta de merengue rosa.
Cada cual quiere que su cena resulte un éxito; buscan los tomates más grandes, la fruta más hermosa, la mejor carne. Sabemos que hubo tiempos mejores para la economía, pero también peores; y las jabas cargadas hablan de que, aun sin estar en la bonanza, tampoco nos consume la desolación.
Además, sé que lo más importante para los cubanos sigue siendo la familia. Por ella luchamos y en ella nos hemos refugiado muchas veces; cuando la soga apretó bien fuerte, allá por la década de los 90, los interminables apagones se hacían más llevaderos si a la luz de una chismosa conversábamos, hacíamos cuentos, juegos, chistes, compartiendo una tizana inventada quién sabe con qué yerbas.
Este 24 de diciembre no será de tizanas, aunque tampoco de champaña y caviar para muchos. Será, eso sí, de esa felicidad y satisfacción únicas que da el abrazarnos fuerte y saber que, como mosqueteros postmodernos, seguimos existiendo uno para todos y todos para uno. A usted que lee, llegue también mi abrazo.
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