Yo te friego
Mayo 31, 2010 por Vladia
Si se interpretara a la usanza de algunos países latinoamericanos, sería algo así como yo te estropeo, te fastidio. Pero, más que un restregón, era casi en son de alabo, o de deuda, el recordatorio que le lanzó Papito a Laura mientras conversábamos los dos matrimonios -ellos y nosotros- sobre las tareas domésticas.
Resulta que Papito – y quien no es Papito- LE friega a Laura, como si los platos y calderos sucios fueran solo de ella, y él estuviera haciéndole el gran favor. Son dos profesionales, de pensamiento abierto y luz larga, pero pareciera que sus baterías pierden carga al traspasar el umbral del hogar.
Las luces se les acortan hasta tal punto que apenas a ella le alcanza el tiempo para, muy avanzada la noche, revisar algún documento pendiente traído del trabajo, mientras él se la ha pasado ensimismado en sus planos y diagramas, solo haciendo un alto para sentarse a la mesa recién servida, donde luego dejó, en el mismito lugar, la vajilla usada, sin siquiera molestarse en llevarla a la cocina.
Pero como se las vio con la loza un día de la pasada semana; ahora, orondo, se pavonea ante nosotros con su “yo te friego”. Y ella le sonríe, benévola. Conforme con la acotación del esposo y con responder solícita y presta a cada una de sus necesidades.
No es excepción la forma en que distribuyen roles en casa de nuestros amigos, aunque felizmente cada vez se va haciendo mayor espacio un replanteo de estas añejas posturas. Traigo a colación el asunto porque por este mayo se estuvo desarrollando el evento de género y comunicación, y lo que sí llama la atención es que, justamente dentro del segmento de las mujeres profesionales como Laura, no lleve un ritmo más rápido la mutación de tales posiciones.
Una colega villaclareña así lo recogía en una indagación que hiciera sobre el tema. Junto con el asunto, he vuelto a tropezarme con la llamada “crisis de la masculinidad”, que anduvo muy de moda a inicios de siglo. Ahora los chilenos acusan un emerger de la supuesta crisis de la masculinidad, a partir de que los hombres machos-machotes-que nunca-lloran, lo hicieron sin pudor ni contención, muy humanamente, ante el terrible terremoto que asolara a esa nación.
Por estos lares -y sin crisis de la masculinidad al menos en el sentido más estrecho del concepto, aun cuando en la tercera parte de los hogares las mujeres sean cabezas de familia-, la cosa marcha en término de roles, aunque Papito continúe fregándoLE a Laura, y sean felices sin comer perdices.
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