Veinte minutos antes
Noviembre 15, 2009 por Vladia
No voy a hablar aquí de las obras remodeladas por la Oficina del Historiador, tampoco de las viviendas terminadas, mucho menos de la antológica Ceiba de la Plaza de Armas. El encaje de las rejas, la aduana de los vitrales quedarán sin espacio en mis líneas, que no marcarán un turístico camino de adoquines a sus lectores. La Habana alienta, regurgita, ronronea, ignora, abraza y sabe lo que hace.
Hoy cumple 490 años y yo amanecí junto con ella, cuando las primeras claridades se anunciaban; para abastecer el viandero familiar. Llegué al agromercado faltando 20 minutos para que abriera sus puertas, y durante la espera me dediqué a observar a los tantos habaneros que, quizás sin siquiera recordar el aniversario citadino, dan vida a esta ciudad de mis asombros.
A pocos pasos del muro donde me senté, un hombre negro con pulóver promoviendo la marca Jean dialogaba con uno blanco que, como él, no alcanzaba la cincuentena. La enorme medalla de la Caridad del Cobre sobre el pecho del primero, relumbraba con el asomo del sol. El pulóver rojo de su interlocutor no necesitaba de ninguna luz para hacer visible a gran distancia el rótulo de “Viva Chávez”.
Conversaban de cómo había engordado la esposa de uno de ellos, que “ahora está hecha una vaca, pero cuando yo la conocí daba la hora”, después, sobre el “cara’eguagua” de un amigo común, quien parecía haberse encaminado y en la actualidad “estaba bien parado”, trabajando con un grupo musical. Fumaban y escupían mientras intercambiaban, serenos, seguros de sí mismos, pero con una rara actitud ¿de asecho?, ¿de alerta?
Simultáneamente, discurrían muchos diálogos e imágenes. El de más allá comentaba en voz muy alta algo sobre Celia Sánchez y Camilo Cienfuegos, rodeado por un grupo de amigos, todos entrados en años, que asentían a sus afirmaciones. Un poco más acá, dos señoras murmuraban sobre una contemporánea que, ayudándose con un bastón, trastabilló al subir el contén: “Mira pa’eso, y seguro que en su casa hay por lo menos dos manganzones durmiendo”. “No creas -le ripostó su interlocutora- , a veces los viejitos son de anjá”. De fondo, alguien proponía tubos de pasta dental a siete pesos: “tubos sellados, sellados”, insistía. Nadie le compró.
Jabas tejidas, jabas de tela, de nylon, mochilas, sacos doblados, carritos, carretillas… los más variados e increíbles soportes que pronto se llenarán de lo que hubiere en las tarimas. Tan variados, como la vestimenta de los citadinos que a esa hora abarrotaban la entrada en un innombrable colage de mensajes: la señora inmensamente gruesa que anunciaba en su camiseta rosa ser una “sexy girl” , aquel en cuyo desteñido pulóver azul asomaba la cara de Elián González, el hombre de camisa recién planchada, la muchacha con un pañuelo atado en la cabeza reproduciendo la bandera norteamericana.
En medio de los vendedores clandestinos de jabitas de nylon, mantequilla, ajo de montaña… una pareja de jóvenes, muy jóvenes, se besan sin reparar en otra cosa. No les alcanzó la noche para repetirse una vez más cuánto les importaba besar y ser besado, solo eso. El vendedor de periódicos pasa anunciando el diario provincial Tribuna de La Habana, y muchos le compran. Como a la indicación de un invisible director de orquesta, los periódicos son abiertos casi al unísono, semejando un aletear, y así, mientras continúan aguardando, caen en la cuenta que justamente hoy es el aniversario 490 de la ciudad. Pero no llegan a leer el material completo, con un sonido de goznes de castillo medieval, el portón del agromercado se abre parsimonioso para franquearles el paso.
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